lunes, 6 de noviembre de 2017

Corazón de fuego

A ciertas horas de la tarde, rayos de luz perdidos encuentran refugio a través de mi ventana. Y calientan un instante,  te sacan una tímida sonrisa en un día frío. Días que tú sientes fríos aunque no lo indique el termostato. Porque un corazón de fuego gime, lamenta pero nunca se apaga, por muy fuerte que sea la ventisca. Sólo un instante, sólo un segundo, únicamente le basta con un haz fugitivo de luz para recargarse, para volver a arder, en llamas. 

Corazones de fuego que buscan almas cálidas en las que refugiarse, cuerpos que le ayuden a avivar aún más sus brasas o que les animen a prender cuando el frío acecha.
Seres ardientes separados de su propio fuego, que luchan por no apagarse y se dan cuenta de que no es tan fácil, se les complica. Y se templan por momentos, a punto de apagarse, pero ese haz de luz encontró una chispa, la última, asustada, tímida, resistente, insistente, la única que nunca dejará que te apagues.